‘El beso de la mujer araña’ volvió a cobrar vida en boca de sus protagonistas, pero esta vez no desde la ficción, sino desde la intimidad con la que Jennifer López, Tonatiuh Elizarraraz y el director Bill Condon desmenuzan un proceso creativo que los marcó para siempre. A ratos lo hacen con humor, a ratos con emoción desbordada, y en otros con una lucidez política que demuestra por qué llega en el momento correcto esta nueva versión del clásico de Manuel Puig, que dirigió el brasileño Héctor Babenco en 1985, con las actuaciones de William Hurt, Sonia Braga y Raúl Juliá.
JLo, Tonatiuh y Condon hablan de la película -que se estrena en los cines del país este jueves 8 de enero- como quien habla de un amor correspondido: con la mezcla perfecta entre orgullo, vulnerabilidad y vértigo. Y cada frase suya deja ver que lo que se juega en esta obra no es solamente un musical exuberante, sino también una declaración artística sobre identidad, fantasía, dignidad y cine.
Jennifer López recuerda en su encuentro con EL TIEMPO en Los Ángeles que su entrada al proyecto no fue únicamente como actriz, sino también como productora, un rol que abrazó con intensidad absoluta. “Hago de todo. Ayudo en el guion, en el desarrollo, en el casting; consigo el dinero, entro a la edición, pienso en el mercadeo. Todo lo que haya que hacer”, dice sin titubear.
Tonatiuh Elizarraraz y Jennifer López. Foto:Ana Carballosa
La película exigió de ella una presencia total: no solo la de encarnar a Ingrid Luna, la actriz dentro de la historia, sino también a Aurora, el ícono imaginado por Molina, y a la propia Mujer Araña, la figura que envuelve y desestabiliza la realidad. Ese reto triple implicó delinear a tres mujeres distintas que habitan un mismo cuerpo. “Tenía que encontrar la esencia de cada una. Ingrid, Aurora, la mujer araña. Todas vivían en capas diferentes y cada una se relacionaba diferente con Tona”, expresa con claridad quirúrgica.
Pero lo que más la marcó fueron los números musicales: “Viví un sueño. Siempre quise hacer cine musical. Fue una carrera de un número al siguiente, doce en total, sin descanso. Era lo que siempre imaginé, mi propia fantasía, así como Molina tiene el suyo”, admite mientras recuerda jornadas de toma única, coreografías milimétricas y trajes que parecían diseñados para probar la paciencia de cualquier ser humano. Uno de ellos, el vestido dorado, pesaba 50 libras y se convertía en enemigo silencioso de sus tacones imposibles. “A mitad de una toma larga, si el tacón se enredaba en el vestido quería morir. Todo era perfecto hasta ese instante y una puntada podía arruinarlo todo”, confiesa entre risas que revelan también un leve trauma.
Diego Luna y Tonatiuh Elizarraraz. Foto:Jeannie Margalef
El actor californiano que se hace conocer como Tonatiuh escucha a su compañera con admiración evidente. Su historia en esta película comenzó con un casete de audición que Condon vio una sola vez para convencerse de que había encontrado a su Molina. El actor de 30 años de edad recuerda un momento que lo quebró emocionalmente. “Estábamos rodando un número de salón. Jennifer me dijo algo lindo justo antes de ‘acción’. Levanté la mirada y vi a mi alrededor a artistas increíbles. Cuando dijeron ‘corten’, rompí en llanto de gratitud”, explica, todavía sorprendido de la intensidad con la que lo tocó ese instante. Para llegar a ese punto tuvo que transformarse: bajó 45 libras, revisó la novela, las adaptaciones previas, la obra de teatro, vio las filmaciones de Broadway y repasó clásicos del cine de los años cuarenta. “Le pedí a Bill una lista de todas las referencias que pensaba usar. Quería entenderlo todo para ejecutarlo mejor”, dice como anunciando una disciplina feroz.
Esa entrega también tenía un trasfondo político para Tonatiuh. “La película es una carta de amor a la humanidad. Recuerda que la dignidad y el amor no tienen género ni orientación. Y también recuerda algo más: los latinos vendemos, somos fuego”, afirma con una mezcla de orgullo y humor que sintetiza el espíritu del personaje que interpreta.
Bill Condon, por su parte, quien además de dirigir escribió esta versión cinematográfica, revela que la brújula creativa de esta versión no fue la película de 1985 ni la adaptación de Broadway, sino la novela de Puig: “Nos tomó décadas alcanzar lo que el libro ya estaba diciendo. Quise regresar al origen. Ahí estaba la esencia que hoy vuelve a ser urgente” asegura con convicción. Su decisión más arriesgada, y a la vez más coherente con su visión, fue rodar los números musicales en el estilo clásico, sin cortes, sin salvavidas tecnológicos. “Era como filmar al estilo Astaire. Solo hay dos elementos que pueden arruinar una toma larga: la actriz o la cámara. Y ese día quien falló fue la cámara, no Jennifer” recuerda entre carcajadas nerviosas, mientras López interviene orgullosa: “Lo hice en una sola toma”.
Diego Luna y Jennifer López. Foto:Ana Carballosa
Otra convicción del director fue construir un reparto completamente latino, decisión que López celebra: “En otras versiones no había sido así. Y siento que debía serlo. Es importante para la historia, para el contexto y para el mundo actual” afirma con la seguridad de alguien que entiende el impacto de la representación en pantalla enorme”, a lo que Condo coincide: “Era el momento. Y esta historia lo pedía”.
En medio de las miradas hacia el pasado creativo, surge también el recuerdo de Diego Luna, cuya ausencia física no impide que aparezca en cada frase de sus compañeros. López lo describe casi con ternura: “Estaba aterrorizado con los números musicales, y le dije: vas a actuar como si fueras Gene Kelly. Y lo hizo. Lo juro: lo hizo”, relata divertida y con una admiración que no disimula. Tonatiuh añade que el vínculo entre ellos nació del caos organizado del rodaje: “Rodamos la prisión en orden, entre seis y once páginas al día. Era una locura. Pero entre toma y toma bromeábamos. Con Diego todo se volvía más liviano”.
Las reflexiones más profundas surgen cuando los tres hablan del mundo fuera de la pantalla. López lo resume con claridad luminosa: “La película recuerda que todo se trata de humanidad. Que dos personas completamente distintas pueden encontrarse, reconocerse y amarse si se despojan de todo lo demás” dice con suavidad, como quien revela una verdad evidente pero olvidada. Condon complementa: “Cuando se quitan las capas de clase, política o educación, solo quedan dos individuos. Ahí está la luz” añade con convicción serena.
Rodaje de la película ‘El beso de la mujer araña’, dirigida por Bill Condon (de gafas). Foto:Ana Carballosa
López, que en esta etapa de su vida parece moverse en equilibrio entre vulnerabilidad y firmeza, admite que trabajar hoy no se siente igual que a los 25. Pero lo dice sin nostalgia: “Creo que estoy en el mejor momento de mi vida. Me siento más consciente, más agradecida, más feliz. Ya no necesito demostrar nada. Solo disfrutar” afirma con sinceridad poderosa. Su disciplina física, que antes era puro vértigo, según la actriz es ahora una forma de cuidado: “más pesas, menos carbohidratos, y la certeza de que el movimiento es indispensable para mi bienestar”.
Entre tanto, otro personaje importante de la historia es el vestuario a cargo de Colleen Atwood, que no solo vistieron personajes, sino que definieron identidades. “Colleen es una maestra de precisión. Cada pieza me enseñaba quién era yo en esa versión del personaje” dice López. “Desde el traje dorado hasta el híbrido Fosse–Garland que terminó imponiéndose para uno de los números clave, cada diseño guiaba su actuación con la autoridad de una segunda piel”, comenta.
Hacia el final del encuentro, Condon confiesa algo que suena casi a declaración de principios cinematográficos: una joven, tras una función de prueba, le dijo que estaba cansada de las películas “verdes y grises”. Esta versión, en cambio, la hizo sentir que el cine podía volver a ser color, ritmo, magia. “Eso es lo que buscábamos: devolver un poco de ese asombro. Recordar lo que el cine puede ser cuando se atreve a sentir”, concluye, emocionada.
Mario Amaya- para EL TIEMPO- Los Ángeles, California

















