Durante décadas, en los libros de neurociencia el protagonismo siempre se lo llevaron las neuronas, por ser células eléctricas que transmiten información a gran velocidad por todo nuestro cerebro y sistema nervioso. Sin embargo, existe otro grupo de células que siempre estuvo ahí en segundo plano, haciendo su trabajo pero sin llamar tanto la atención. Estas son los astrocitos, células gliales con forma de estrella que, tras años de ser consideradas simplemente “soporte”, hoy resurgen como actores clave de la salud cerebral.
El interés por estas células ha crecido de forma notable en la comunidad científica, y nuevos estudios están comenzando a mostrar que su papel podría ser mucho más esencial de lo que se creía.
Según un artículo publicado por National Geographic, los astrocitos constituyen gran parte del tejido cerebral y no transmiten impulsos eléctricos como lo hacen las neuronas, pero ellos regulan y sostienen el ambiente en el que las neuronas operan. Actúan como guardianes de la homeostasis, es decir, del equilibrio químico y funcional que mantiene al cerebro operativo día tras día y participan en procesos que van desde el suministro de energía hasta la eliminación de desechos metabólicos y la regulación del flujo sanguíneo local. Además, sostienen la memoria y participan en la génesis de trastornos mentales.
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Una de las primeras en hacer este descubrimiento fue Inbal Goshen, una investigadora de la Universidad Hebrea hace más de 10 años. En ese entonces, eran pocos los que estudiaban otras células que no fueran neuronas.
Quienes se quedaron estudiando los astrocitos, se dieron cuenta también que una de sus principales funciones es controlar los niveles de iones y neurotransmisores al rededor de las neuronas. Cuando estas últimas transmiten señales, liberan sustancias químicas que deben ser rápidamente recicladas o eliminadas para que el sistema no se sobreexcite ni se “queme”. Los astrocitos captan ese exceso, lo procesan y devuelven los componentes básicos para que las neuronas puedan seguir funcionando. Es una colaboración entre astrocitos y neuronas.
Estas células también están directamente implicadas en la formación y el mantenimiento de sinapsis, los puntos de conexión entre neuronas. Sin astrocitos, muchas de estas conexiones nunca se estabilizarían o funcionarían eficientemente, lo que los posiciona como piezas esenciales no solo para mantener el cerebro “estable”, sino para permitir su plasticidad, es decir, su capacidad de cambiar, adaptarse y aprender.
El experimento
Cuando los científicos empezaron a observar con más detalle lo que ocurre dentro de los astrocitos, se dieron cuenta de que estas células se comunican de una forma muy distinta a las neuronas. Mientras las neuronas envían mensajes eléctricos rápidos, casi instantáneos, los astrocitos usan señales mucho más lentas, basadas en cambios en los niveles de calcio dentro de la célula.
Los científicos lo comprobaron con experimentos en animales, especialmente en ratas. En uno de ellos, los investigadores estudiaron qué pasaba dentro de los astrocitos mientras las ratas se movían por un espacio que ya conocían.
Cuando el animal se acercaba a un lugar donde antes había recibido una recompensa, los astrocitos mostraban un aumento claro en su actividad interna, medida a través del calcio. Esa reacción no aparecía cuando la rata exploraba un entorno nuevo o desconocido. Es decir, las células no se activaban por el simple movimiento, sino cuando el animal reconocía un sitio asociado a una experiencia previa.
Este resultado llevó a los investigadores a una conclusión importante: los astrocitos participan en el recuerdo de espacios y experiencias. En otras palabras, parecen activarse cuando el cerebro recupera una memoria ya formada, no cuando está enfrentándose a algo completamente nuevo.
Otros experimentos refuerzan esta idea al mostrar que los astrocitos también intervienen en la memoria emocional. A diferencia de las neuronas, cuya actividad es rápida y momentánea, los astrocitos pueden mantener señales activas durante mucho más tiempo.
Su conexión con los trastornos
Los astrocitos representan aproximadamente el 35 % de las células cerebrales humanas. Foto:iStock
Este equilibrio tan fino entre neuronas y astrocitos también se está estudiando cuando el cerebro enferma. Trastornos como el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) o la enfermedad de Huntington, que durante mucho tiempo se entendieron solo como problemas de las neuronas, hoy muestran señales de estar relacionados también con fallas en el funcionamiento de los astrocitos.
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En estudios con animales, los científicos observaron que al modificar la forma en que los astrocitos se comunican, algunos síntomas disminuyen de manera notable. En el caso de la enfermedad de Huntington, por ejemplo, activar ciertos genes propios de los astrocitos mejoró el comportamiento y la capacidad de atención de ratones que padecían este trastorno. El resultado muestra que estas células pueden influir directamente en cómo se manifiesta la enfermedad.
Algo similar está ocurriendo en la investigación sobre el Alzheimer. Nuevos estudios indican que los astrocitos podrían estar involucrados desde las primeras etapas del deterioro cerebral, incluso antes de que aparezcan las conocidas placas de proteínas asociadas a la enfermedad.
Estos hallazgos están cambiando la forma en que se entienden muchas enfermedades neurológicas. Los astrocitos aparecen cada vez más como actores centrales cuyo mal funcionamiento puede contribuir al desarrollo de trastornos cognitivos y conductuales, pero que también podrían convertirse en una nueva vía para futuros tratamientos.

















