Fum, fum, fum

Si no hay más vida que esta, llevo 59 Navidades a cuestas. De las seis o siete primeras no tengo […]

EL PAÍS

Si no hay más vida que esta, llevo 59 Navidades a cuestas. De las seis o siete primeras no tengo más recuerdo que la partida de nacimiento, alguna foto borrosa en blanco y negro y el sambenito de borrachina que me colgaron los míos desde que, a los cuatro o cinco añitos, en un descuido de los mayores, apuré un par de culines de coñac de la sobremesa y acabé piripi perdida patas arriba sobre la alfombra. Las siguientes fueron una sucesión de noches de paz y amor y Raphael en el salón, con mi padre echando la lagrimeja con Los campanilleros acordándose del suyo y mi madre danzando en la cocina hasta dejar las copas pulidas cual diamantes para la siguiente comilona. Hasta que llegaron las pascuas más difíciles. Aquellas en las que mis viejos, primero él, después ella, sentaron a sus hijos y nietos a las cenas habiendo recibido ya sus diagnósticos fatales mientras todos hacíamos de tripas polvorón porque sabíamos y callábamos que serían las últimas, y nunca nada ni nadie volvió a ser lo mismo.

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