En las últimas cuatro décadas, Tim Burton ha sido siempre una rara avis en el mundo de Hollywood, y si sus películas más recientes no concitan el interés que tuvieron en los años noventa y los primeros de este siglo, quizás sea menos su culpa que la nuestra. Por otro lado, no es momento de contar todo lo que este auténtico outsider del gran espectáculo hizo, sino de ver lo que marca una obra, lo que le otorga importancia.
Empecemos por quién –o qué– es Tim Burton. Por encima de cualquier otra distinción, es un cineasta de animación. Se formó en la mítica CalArts, la escuela patrocinada por Disney que dio casi todo el talento de ese campo al cine en general. Contemporáneos a Burton son John Lasseter (alma mater del primer Pixar) y Brad Bird (el hombre que haría de Los Simpson una gran sitcom y crearía Los Increíbles y Ratatouille), por mencionar algunos.
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A diferencia de la mayoría, que se concentraron en el dibujo animado para luego pasar a lo digital, Burton se especializó en stop-motion, es decir, muñecos y objetos movidos un fotograma a la vez y fotografiados.
Mientras estudiaba, Burton hizo varias cosas “en negro”, como dibujos de continuidad para el clásico maldito de Ralph Bakshi, El señor de los anillos, de 1979, y otros más “en blanco”, como diseños de animales para El zorro y el sabueso, de Disney. En los 80, haría dos cortos: Vincent, la historia de un niño de siete años obsesionado con el actor Vincent Price; y la primera versión, con actores, de Frankenweenie, en la que aparecen Shelley Duvall y una Sofia Coppola con peluca rubia. Ambos cortos están en Disney+.
Sin embargo, su primer largometraje, que llegó en 1985, no fue animado, sino con actores. La razón es contractual: los alumnos formados y becados en CalArts “devuelven” los créditos trabajando para Disney. Todo lo que Burton, durante 10 años, hiciera en animación quedaba para la firma.
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Contratado por Warner, que quería un largo para el personaje infantil creado por el actor Paul Rubens, Pee-Wee, y con guion del gran humorista Phil Hartman, Burton se lanzó a hacerlo. Y allí, básicamente, aparece todo lo que conocemos de su estilo y sus temas. La gran aventura de Pee-Wee (AppleTV+) es una versión deforme y colorida de Ladrones de bicicletas, como la definió el propio Burton en una entrevista por aquellos años.
Pee-Wee, un ser adulto que vive en una casa llena de artefactos coloridos, infantiles y desquiciados, tiene un gran amor por su bicicleta, que es robada y cuya huella sigue a través de todo EE. UU. hasta llegar a Hollywood. Aún con un bajo presupuesto, la película propone una cantidad de creatividad notable. Y, además, la verdadera gran influencia de Burton: el cine de Federico Fellini.
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No es poco notable que tanto Fellini como Burton sean originalmente dibujantes y diseñadores. Cuando se comparan los bocetos y dibujos de ambos, hay mucho más que un aire de familia: la mirada desaforada y excéntrica sobre lo real. Se ha dicho de Burton que es el cineasta de lo freak, aquel en el que los marginados y monstruosos copan el centro de la escena. Pero quizás sea más adecuado decir que Burton expande en el diseño lo freak que existe dentro de lo normal, una verdad que va más allá del realismo.
Masividad
El salto a la gran fama lo dio con Beetlejuice (HBO Max), donde contaba una historia de fantasmas enfrentados a una falsa freak (la artista ricachona interpretada por Catherine O’Hara), a una auténtica outsider (Winona Ryder) y al habitual personaje amoral y divertido –hasta la muerte–, el Beetlejuice interpretado por Michael Keaton.
Este film ganó el Premio Óscar al mejor maquillaje y peluquería. Foto:Warner Bros
La película tiene estructura libre, ninguna vocación de realismo y, en el fondo, una historia de amor familiar con mucho humor grotesco. El gran término para el mejor cine de Burton es ‘lúdico’: jugar con las formas y comunicar el placer del juego.
Es imprescindible hablar de sus dos Batman (Batman, 1989 y Batman regresa, 1992, ambas en HBO Max) porque no solo reabrieron el camino al cine de superhéroes, sino que, de hecho, no son películas de superhéroes, sino de Tim Burton.
La primera fue un caos de producción en la que solo creían Michael Keaton y Jack Nicholson. Lo importante de esa película, plagada de referencias cinéfilas poco frecuentes, es que comprende algo que desarrollará mucho más en la segunda: Batman es un freak, está loco y lo sabe. Lo mismo que el Guasón magistral de Nicholson.
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En Batman regresa, la cantidad de ‘villanos’ se multiplica: una mujer gato, un hombre pingüino y un señor aparentemente normal que es, en realidad, un vampiro ‘comercial’. Y es el único auténtico villano: los otros son producto del rechazo por lo diferente. Batman, a su modo también, y su locura, es fruto del dolor, como en el caso del Pingüino de Danny DeVito y de la Gatúbela de Michelle Pfeiffer, en el mejor papel que tuviera nunca en el cine.
Es una película de Navidad –varios grandes films de Burton lo son– y toma tópicos de los cuentos de hadas para construir una fantasía sobre las taras de la sociedad urbana contemporánea. También es mucho más estilizada que la primera y, aunque se puede argüir lo contrario, la obra maestra del director.
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¿Y el film que lo llevó a la portada de Cahiers du Cinéma? El joven manos de tijeras (Disney+). Cima poética del cine de los setenta, combinación del mito de Frankenstein con el cuento de hadas y sátira social completa, fue su primera colaboración con Johnny Depp, el actor que más utilizó porque su estilo cuaja perfectamente en su mundo.
El chico artificial que no llegó a tener manos, creado por el científico dedicado a las galletitas que interpreta Vincent Price y que tiene tijeras por dedos, es encontrado en un castillo oscuro y adoptado por la familia de una vendedora de Avon, que lo lleva a vivir a un pueblito de casas color pastel, donde es primero tomado por rareza, luego explotado como estilista y cortador fantástico de árboles, y finalmente rechazado porque nunca formará parte.
‘El joven manos de tijeras’ se estrenó en 1990. Foto:Disney +
También es un romance imposible –entre Depp y la falsa rubia interpretada por Winona Ryder– condenado por el universo de lo ‘normal’. En esta película encontramos el indicio de por qué Burton ya no es tan atractivo hoy: en aquellos tiempos se podía mezclar todo género sin prejuicio para criticar las taras de una sociedad bajo la apariencia del ‘buenismo’.
El ‘peor’ del mundo
Su película “sobre el cine” es Ed Wood (Disney+), basada en la historia del “peor director del mundo” (otra vez interpretado por Depp). El núcleo del filme es su amistad con el actor Bela Lugosi (interpretado por Martin Landau): Ed es el que cree, ingenua y marginalmente, en la magia absoluta del cine, una magia tan grande que tapa cualquier incompetencia; Lugosi es la víctima de un sistema que, a pesar de todo, sigue enamorado de su arte.
En su brillante blanco y negro y su deriva entre la comedia y la biopic dramática, la película es mucho menos sobre el cine, su industria, su deriva técnica o su negocio, y mucho más sobre el placer del cine, tanto de hacerlo como de verlo. Su circo de freaks es, además, un canto a la tolerancia en momentos donde el término “diversidad” no se había vuelto patrimonio de algún partido político. Burton hace algo más: reescribe la historia de Wood y la de Hollywood con una libertad que solo Quentin Tarantino se tomaría años más tarde a partir de Bastardos sin gloria, un modo de decir que el cine es otro mundo.
La última película en esta lista absolutamente incompleta es El extraño mundo de Jack (Disney+), en realidad dirigida por el experto en animación Henry Selick. Es, de las mencionadas, la película más lúdica e ‘infantil’, en el sentido noble del término: un cuento de hadas que narra cómo el Rey de Halloween, aburrido de su trabajo anual, decide encargarse de la Navidad. Aquí tenemos el musical, el juego formal de lo animado y, por fin, una “aclaración” del tema del freak, siempre mal utilizado. No es que un personaje sea rechazado por su aspecto: lo es cuando no cuaja en un lugar de acuerdo con un orden establecido, cuando es libre.
‘El extraño mundo de Jack’ es un film hecho en stop-motion. Foto:Cortesía de Walt Disney Pictures
Lo ‘oscuro’ de ciertas criaturas burtonianas es solo la exageración paródica de lo excepcional que se sale de la norma. Aquí pasa exactamente con Jack, el esqueleto elegante que ya no quiere ser lo que le impone el calendario, sino otra cosa, pero carece de la herramienta. Finalmente, la felicidad reside en el efecto de lo que se hace y no en el hacer mismo. O en pintar las cosas de acuerdo al deseo.
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La pregunta es: ¿por qué hoy Burton perdió fuerza? ¿Por qué no funcionaron Sombras tenebrosas, Alicia en el País de las Maravillas, Ojos grandes, Miss Peregrine o Dumbo? La respuesta: quizás porque es difícil, en estos tiempos, admitir que aún existen represiones y comportamientos grotescos en todas partes y no solo en un sector ideológico o geográfico. La universalidad de la crítica ya no divierte al espectador que desea estar del lado correcto.
Cosa curiosa, tuvo que volver Beetlejuice para que Burton volviera al éxito. Quizás ese regreso implique un reflujo menos conservador y las películas de las que hablamos sirvan para abrir puertas. Pero hoy siguen ahí como invitaciones al juego de la fantasía humana.
LEONARDO M. D ESPÓSITO
Para La Nación (Argentina) – GDA

















