En una conversación de Rodrigo Paz, presidente de Bolivia, con el director de EL PAÍS, Jan Martínez Ahrens, el mandatario se emocionó. Preguntado por su madre, Paz la describió como una mujer “aguerrida”, que sacó a dos hijos, “con un carácter complicado”, adelante. Y en el exilio. “Es una mujer extraordinaria, se bancó más de 12 países perdiéndolo todo y sin dejar atrás el compromiso de su lucha por la democracia”, dijo. Paz recordó su infancia junto a su hermano Jaime, entre el humor y la emoción. Exiliados en Chile, acabaron acogidos en la casa de una familia de origen sueco, pero las travesuras de los pequeños Paz les dejaron en la calle.
En aquella casa se escuchaban unos discos de vinilo “de música clásica extraordinaria”, recordó. Y se remontó a esos días en los que los dos niños observaban embobados cómo el disco daba vueltas y vueltas. Justo como ese aparato que veían por primera vez en ese hogar: la lavadora. “También daba vueltas y no tuvimos mejor idea que agarrar los discos del pobre sueco, meterlos a la lavadora a ver si sonaban”. El sueco los botó. “Ya habíamos hecho varias fechorías”, bromeó.
Paz tuvo que contener las lágrimas para relatar lo que vino después. “Nos tocó dormir en un parque a la intemperie, después nos tocó dormir en unos edificios que había en Chile todavía, donde el sistema de calefacción era con carbón… […]”. Fueron memorias de un niño en Chile tras el golpe del 73: “Eso nos ha hecho entender la grandeza de la vida y que hay mucho por hacer. Los rencores son parte de algo que no corresponde y el amor siempre tendrá mayor suerte en nuestra forma de construir nuestras vidas y ojalá, de nuestros países”.

















