Durante décadas, un cráneo pequeño y solitario mantuvo en vilo a los paleontólogos. ¿Pertenecía a una especie propia, Nanotyrannus, o era simplemente la cabeza aún inmadura de un Tyrannosaurus rex adolescente? Un nuevo estudio publicado en Science zanja definitivamente la disputa: Nanotyrannus estaba casi completamente desarrollado y corresponde a un depredador distinto que compartió territorio y presas con los jóvenes T. rex en la Norteamérica del Cretácico tardío.
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El equipo internacional, del que hace parte el investigador posdoctoral del Dinosaur Institute, Zach Morris, analizó el hueso hioides—un hueso de la garganta que sostiene la lengua—del holotipo de Nanotyrannus. Este fragmento, pequeño pero intacto, ofreció una oportunidad inesperada para observar la microestructura interna del fósil y determinar la madurez del animal.
“El rasgo clave en este debate era la identidad del espécimen holotipo. Descubrir que este cráneo pequeño estaba realmente completamente crecido demuestra de forma concluyente que es diferente de Tyrannosaurus rex”, explicó en el comunicado el autor principal, Christopher Griffin, profesor asistente de Geociencias en la Universidad de Princeton.
Una técnica arriesgada que reveló el secreto
La histología ósea, que consiste en cortar secciones delgadas de hueso para examinarlas al microscopio, es una herramienta habitual para determinar la edad de los dinosaurios, del mismo modo en que se cuentan los anillos de un árbol. Sin embargo, suele aplicarse a huesos largos—fémures, húmeros o costillas—y no a los huesos del cráneo, plagados de cavidades que complican la técnica. El hioides, aislado y bien conservado, era una excepción prometedora.
El Dr. Morris estudiando el hueso hioides, o hueso de la garganta. Foto:Stephanie Abramowicz.
“Cuando empezamos este proyecto, no estaba claro si el hioides conservaba un registro del crecimiento de un dinosaurio. Para ser honestos, dábamos por sentada la hipótesis de que Nanotyrannus era un T. rex juvenil, así que esperábamos que la estructura microscópica del holotipo mostrara que este animal aún estaba creciendo rápidamente”, relató Morris. “Lo que no esperábamos era ver que se acercaba a la madurez, con evidencia clara de la cesación del crecimiento”.
Para validar que el hioides podía emplearse como indicador de madurez, el equipo comparó su microestructura con la de reptiles actuales—como lagartos, aves y cocodrilos—y con la de otros dinosaurios. “Para demostrar que la microestructura del hioides funcionaba para evaluar el estado de madurez en Nanotyrannus, primero tuvimos que reunir un sólido respaldo para este método en muchos grupos de reptiles vivos y dinosaurios extintos”, agregó Griffin.
Morris supervisó también el muestreo de “Thomas”, un ejemplar juvenil dentro de la colección única del T. rex growth series del museo. “La serie de crecimiento en nuestro Dino Hall fue fundamental para demostrar que el hioides en Tyrannosaurus mostraba el mismo tipo de registro que los huesos largos”, explicó. Esta comparación permitió establecer diferencias consistentes entre T. rex y Nanotyrannus.
“Nuestro Tyrannosaurus adolescente se ve inmaduro tanto en las extremidades como en el hioides, mientras que Thomas parece un animal más maduro, aunque aún no adulto. Curiosamente, Thomas es mucho menos maduro que el holotipo de Nanotyrannus, a pesar de ser mucho más grande”, añadió Morris.
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Un ecosistema más complejo de lo imaginado
El hallazgo también reconfigura la visión del ecosistema del Cretácico tardío, tradicionalmente representado con un único superdepredador: el T. rex. “Es notable que nuestro estudio coincida con hallazgos de otras líneas de evidencia independientes, demostrando que múltiples especies de tiranosaurios vivieron juntas. Esto muestra que necesitamos reevaluar cómo imaginamos estos ecosistemas”, señaló Morris.
Serie sobre el crecimiento del T. rex. Foto:Stephanie Abramowicz.
Más allá de resolver un viejo enigma taxonómico, el estudio destaca la importancia de comprender la madurez de los especímenes holotipo. “Muchas técnicas en la paleontología moderna requieren cierto grado de análisis destructivo, y como curadora siempre intento equilibrar conservación y descubrimiento”, expresó Caitlin Colleary, autora sénior. “En este caso, valió totalmente la pena porque ganamos mucho más de lo que perdimos”.
REDACCIÓN CIENCIA

















