Más de cincuenta años después de su estreno, El exorcista sigue siendo una de las obras que mejor encarnan el poder del cine para provocar reacciones físicas, casi instintivas. El 26 de diciembre de 1973, cuando la película de William Friedkin llegó a las salas de Estados Unidos, nadie imaginaba que generaría un fenómeno social que mezclaba fascinación, miedo y hasta trueques de valor entre quienes intentaban reunir el coraje para verla.
Según recuerda Sensacine, la cinta no solo llenó las salas: también hizo que los espectadores esperaran entre cinco y siete horas para entrar y, en muchos casos, salieran espantados antes del final.
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En videos recuperados de la época puede verse cómo los cines amanecían con filas desde las 4:30 de la mañana. Una trabajadora del teatro contaba entonces: “Esta mañana hacían cola desde temprano para la función de las 10:30. A veces incluso esperan cinco o siete horas”. En las imágenes, una mujer sale del teatro a toda velocidad y declara: “No vuelvo a entrar ahí nunca”. Otra, con el rostro desencajado, apenas logra decir: “Me quiero ir a casa”. Y un espectador, aún con la respiración agitada, resume la experiencia en tres palabras: “Es demasiado real”.
Aquella reacción colectiva fue tan desbordada que The New York Times dedicó un reportaje al fenómeno, describiendo “largas, largas, largas filas” que se extendían durante cuadras pese a que lloviera, nevara o el viento cortara la piel. El diario relató incluso que algunos asistentes “encendieron hogueras para calentarse”, que otros “ensuciaron las calles con envoltorios de comida” y que hubo “peleas a puñetazos” por mantener el lugar en la fila. Los comerciantes y vecinos de la Segunda Avenida, entre las calles 59 y 60, se quejaban por la “muralla humana” que bloqueaba accesos y entradas.
El impacto cultural de un terror que cruzó fronteras
Más allá de su efecto inmediato en los cines, El exorcista dejó una huella profunda en la cultura popular. La historia de Regan, interpretada por Linda Blair, se convirtió en un referente universal del miedo y elevó a nuevas alturas la carrera de Ellen Burstyn, Jason Miller y Max von Sydow. Sensacine subraya que, más que un éxito taquillero, la película se afianzó como “una de las mejores películas de todos los tiempos”, alabada por su propuesta estética, su narrativa intensa y la valentía de Friedkin para retratar el mal de manera frontal.
El exorcista fue nominada al Óscar como mejor película. Foto:Warner
El debate que generó también fue enorme. En Reino Unido, por ejemplo, la venta de la película estuvo prohibida durante más de una década, lo que terminó por reforzar el aura de obra maldita que la acompañó durante años. La cinta desató discusiones religiosas, conversaciones sobre límites éticos en la pantalla y análisis sobre el uso del horror como herramienta emocional y psicológica.
Su legado también se extendió a múltiples secuelas y reinterpretaciones. Después del éxito de 1973, llegaron El exorcista 2: El hereje (1978), dirigida por John Boorman, y El exorcista III (1990), a cargo de William Peter Blatty. Décadas más tarde, Renny Harlin presentó la precuela El exorcista: El comienzo (2004). Y este mismo año volvió a las salas El exorcista: El creyente, una secuela directa del filme original que reactivó el interés de nuevas audiencias por la obra principal.
Los derechos de la franquicia fueron adquiridos este año por Universal Pictures. Foto:Universal Pictures
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Hoy, cinco décadas después, El exorcista es una referencia ineludible cada vez que se habla de cine de terror. La cinta ya no provoca los mismos desmayos ni huidas precipitadas de la sala, pero su capacidad de incomodar persiste. Como recuerda Sensacine, las generaciones actuales pueden no considerarla tan terrorífica, pero quienes vivieron el estreno dan testimonio de una experiencia cinematográfica que se sintió casi como un rito: esperar bajo la lluvia, asumir el riesgo y, finalmente, enfrentarse a una historia que parecía demasiado verdadera para ser ficción.
REDACCIÓN CULTURA

















