Pedí en el mercado que me deshuesaran un pollo y me quedé a ver cómo lo hacían. El deshuesador combinaba fuerza y delicadeza. Se adentraba en las entrañas del cadáver como si desnudara a un bebé. “Antes fumaba mientras hacía esto”, dijo. “Antes fumábamos haciendo cualquier cosa”, dije yo, “a veces hacíamos cualquier cosa para fumar”. Las manos del hombre tenían una lógica propia, una memoria acumulada, una filosofía cárnica. Separaban, giraban, encontraban junturas invisibles, como si el animal hubiera sido diseñado para desarmarse. Quizá por aquello de que a todos, en mayor o menor medida, nos gusta ser el muerto en la autopsia, me identifiqué con el pollo y me vi de súbito sobre el mostrador, siendo desposeído de mi osamenta por aquellos dedos expertísimos. A medida que el pollero avanzaba en el deshuesado, me sentía yo como la España invertebrada a la que Ortega dedicó un volumen fundamental. “De qué lo va a rellenar”, me preguntó. “De ideas”, respondí en broma. “No está mal”, añadió él, “pero yo le añadiría algo de pan rallado, carne picada y ciruelas”.














