Durante décadas, el tiburón de Groenlandia ha sido visto como una criatura casi ciega que habita las profundidades oscuras y frías del Ártico. Con ojos opacos y, en muchos casos, afectados por parásitos, este animal —considerado el vertebrado más longevo del planeta— parecía condenado a una visión mínima o inexistente. Sin embargo, una investigación reciente desafía esa idea y abre nuevas perspectivas sobre el envejecimiento, la longevidad y la conservación de la visión.
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La escena que dio inicio a esta línea de investigación es sencilla pero reveladora. Dorota Skowronska-Krawczyk, profesora asociada de fisiología y biofísica de la Universidad de California en Irvine (UC Irvine), observa un video en su oficina. En la pantalla, un tiburón de Groenlandia se desplaza lentamente en aguas turbias. “Se ve cómo mueve el ojo”, explica la científica mientras señala la imagen. “El tiburón está siguiendo la luz; es fascinante”.
El estudio, publicado en la revista Nature Communications, sugiere que estos tiburones —algunos con una edad estimada de hasta 400 años— cuentan con un mecanismo de reparación del ADN que les permite mantener la visión durante siglos sin señales de degeneración de la retina. Además, están altamente adaptados a condiciones de luz extremadamente baja.
Un animal que sí ve en la oscuridad
La investigación cuestiona la creencia de que el tiburón de Groenlandia sea funcionalmente ciego. Durante años, la presencia frecuente de un parásito adherido a sus ojos y el ambiente oscuro en el que vive reforzaron esa idea. Sin embargo, Skowronska-Krawczyk encontró indicios claros de lo contrario.
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Su interés se despertó a partir de un artículo publicado en 2016 en la revista Science por John Fleng Steffensen. “Una de las conclusiones que saqué de ese trabajo fue que muchos tiburones de Groenlandia tienen parásitos adheridos a los ojos, lo que podría afectar su visión”, recuerda. “Pero, desde un punto de vista evolutivo, no se conserva un órgano que no se necesita. Al ver muchos videos, me di cuenta de que este animal mueve el globo ocular hacia la luz”.
Ese detalle fue clave. A partir de allí, la investigadora decidió profundizar en el sistema visual de la especie, con el apoyo de científicos de la Universidad de Basilea, en Suiza, quienes aportaron el enfoque evolutivo del estudio.
Tiburón de Groenlandia. Foto:Wikimedia
Los tiburones analizados fueron capturados entre 2020 y 2024 frente a la costa de la Estación Ártica de la Universidad de Copenhague, en la isla Disko, Groenlandia. Los globos oculares fueron disecados y preservados para su análisis detallado.
Un ojo de 200 años en el laboratorio
Emily Tom, estudiante de doctorado en UC Irvine y médica en formación, fue una de las encargadas de examinar los ojos de los tiburones. Recuerda con claridad el momento en que recibió uno de ellos. “Abrí el paquete y había un ojo gigante, de 200 años, sobre hielo seco, mirándome fijamente”, cuenta entre risas. “Estamos acostumbrados a trabajar con ojos de ratón, que son del tamaño de una semilla de papaya, así que tuvimos que aprender a escalar todo a un ojo del tamaño de una pelota de béisbol”.
El trabajo exigió extremo cuidado. “El laboratorio olía como un mercado de pescado”, relata Tom, quien subraya que el tejido no podía descongelarse demasiado para evitar su degradación. Sus análisis histológicos revelaron que no había señales de muerte celular y que la rodopsina —una proteína clave para la visión en condiciones de poca luz— permanece activa en la retina de estos tiburones y está ajustada para detectar luz azul.
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“No muchas personas trabajan con tiburones, y menos aún con la visión de tiburones”, afirma Tom. “Podemos aprender muchísimo sobre visión y longevidad a partir de especies tan longevas como el tiburón de Groenlandia”.
Para Skowronska-Krawczyk, los hallazgos abren la puerta a posibles nuevas estrategias para evitar la pérdida de visión asociada a la edad y combatir enfermedades oculares. “Lo que más me gusta de mi trabajo es que somos los primeros en el mundo en ver estos resultados”, señala. “Estamos en la primera línea, encontrando nuevos mecanismos y reglas. Y poder compartir esa alegría con los estudiantes es la mejor parte”.
REDACCIÓN CIENCIA

















