El océano Atlántico Norte se está calentando. El aumento de las temperaturas y la creciente actividad humana están provocando cambios abruptos en los ecosistemas marinos, desde la distribución de las especies hasta lo que comen. En ese contexto, un estudio de largo plazo ofrece una mirada detallada sobre cómo tres especies de ballenas rorcuales estarían adaptando su alimentación para sobrevivir en un entorno en transformación.
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La investigación, publicada en la revista Frontiers in Marine Science, analizó durante 28 años la dieta de ballenas de aleta, jorobadas y minke en el golfo de San Lorenzo, una zona de alimentación estacional clave para varias especies. Los resultados sugieren que estos grandes cetáceos podrían estar dividiendo los recursos disponibles para coexistir en un ecosistema presionado por el calentamiento del clima y la mayor presencia humana.
“Un aumento reciente en la partición de recursos entre las ballenas de aleta, jorobadas y minke en el área de estudio puede reflejar un mayor nivel de competencia como respuesta a la disponibilidad limitada de recursos”, afirmó la autora principal, Charlotte Tessier-Larivière, investigadora del Instituto Maurice Lamontagne. Según explicó, “a medida que el kril ártico se consume menos, vemos que las ballenas de aleta y minke dependen más de peces pelágicos, lo que los convierte en una presa importante para todas las especies estudiadas”.
Crónicas alimentarias a largo plazo
El estudio ofrece una visión poco común de los cambios prolongados en la ecología alimentaria de las ballenas. A lo largo de casi tres décadas, los investigadores recolectaron 1.110 muestras de piel de las tres especies. Estas fueron analizadas para determinar las proporciones de isótopos estables de nitrógeno y carbono, indicadores que permiten inferir qué comieron los animales y qué lugar ocupan en la red trófica.
Los datos se agruparon en tres periodos —1992-2000, 2001-2010 y 2011-2019— que coinciden con cambios en las condiciones ambientales: desde temperaturas y presencia de hielo marino por debajo del promedio, hasta valores cercanos y luego superiores al promedio. Los resultados muestran que el alimento disponible en el golfo podría estar disminuyendo, pero también que las ballenas han ajustado su dieta a las presas disponibles.
“Las especies altamente móviles como las ballenas barbadas pueden usar varias estrategias para reducir la competencia, por ejemplo, cambiar el momento o el área de alimentación, o seleccionar presas diferentes dentro de una misma zona”, señaló Tessier-Larivière.
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Compartir para sobrevivir
El análisis reveló distintos niveles de superposición de nicho entre las especies. Las ballenas minke presentaron el mayor solapamiento con las demás, compartiendo alrededor del 65 % de su nicho central durante los años 2000 y el 47 % en la década de 2010. Las ballenas jorobadas, que naturalmente ocupan un nicho más reducido, compartieron cerca del 56 % y el 9 % de su nicho con las minke en esos mismos periodos. Las ballenas de aleta solo compartieron nicho con las minke, con superposiciones del 42 % y el 29 %, respectivamente.
Muestreo de una ballena minke utilizando una flecha de biopsia. Foto:Fisheries and Oceans Canada
La superposición de nicho fluctúa según la disponibilidad de recursos. Cuando estos son abundantes, varias especies pueden explotarlos al mismo tiempo. Cuando escasean, la competencia se intensifica y las especies tienden a diversificar su dieta o especializarse. En el golfo de San Lorenzo, la disminución del solapamiento sugiere ese proceso. “Esto sugiere fuertemente una disminución en la disponibilidad de recursos y un aumento de la competencia tanto a nivel intraespecífico como interespecífico”, explicó la investigadora.
Con el tiempo, todas las especies se desplazaron hacia dietas más basadas en peces. Las ballenas de aleta, que en los años noventa se alimentaban principalmente de kril, incorporaron más peces en la década de 2000 y otras presas en la siguiente. Las jorobadas dependieron de unas pocas especies de peces durante todo el periodo, mientras que las minke se alimentaron sobre todo de peces pelágicos, aunque también consumieron kril con mayor frecuencia hacia el final del estudio.
La exclusión competitiva total —cuando una especie desplaza a otra— no se observó en el golfo. “Este ecosistema parece suficientemente productivo y ofrece presas alternativas que se reparten en el espacio y el tiempo”, afirmó Tessier-Larivière. “Estas condiciones promueven la coexistencia”.
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Aunque el análisis isotópico tiene limitaciones, el estudio subraya la importancia de proteger no solo a las especies, sino también su alimento y hábitat. “Los rápidos cambios ambientales que ocurren en el golfo de San Lorenzo parecen ya haber impactado a los rorcuales”, concluyó la autora. “Es crucial monitorear su nicho trófico y considerar esta información para la gestión pesquera y el desarrollo de áreas marinas protegidas”.
REDACCIÓN CIENCIA

















