Amanece el lunes y en X todos hablan de Adamuz. Me asomo curiosa, quizá morbosa, buscando cómo entretenerme mientras llego a Barajas. En la radio suena Carlos Herrera, que pide prudencia y dice que ahora es tiempo de pensar en las víctimas. En mi pantalla aparecen mensajes de colegas que responden a distintos usuarios de las redes sociales que hablan del accidente y canalizan su preocupación por conocidos o familiares. “Hola, soy periodista. ¿Podría ponerme en contacto contigo para que me cuentes, por favor? Gracias”. Es un mensaje educado, cordial, casi automático, que me genera dudas acerca del lugar en el que quiero colocarme. ¿Preguntaría yo eso mismo en su lugar? Sin duda. ¿Tendría ganas de hablar con un periodista si tengo a alguien desparecido? En absoluto. O a lo mejor sí. Este artículo tiene de todo menos certezas.

















